El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Eso pertenece a la historia —declaró con júbilo doña Josefa Dias—. ¡Va a echarlo de casa! Y el hombre debe considerarse afortunado por no ir a parar al banquillo de los acusados… A mí me lo debe, y a la prudencia de mi hermano y del señor padre Amaro. ¡Porque motivos había para encerrarlo en la cárcel!
—Pero a la pequeña le gustaba, según parece.
Doña Josefa se indignó. ¡Amélia era una joven juiciosa, muy virtuosa! Apenas se enteró de las barbaridades, ¡fue la primera en decir que no y que no! ¡Ay! Lo detestaba… Y doña Josefa, bajando la voz y en tono confidencial, contó «que se sabía que él vivía con una desgraciada por la zona del cuartel».
—Me lo ha dicho el señor padre Natário —afirmó—. Y de la boca de ese hombre nunca sale otra cosa que no sea la pura verdad… Fue muy amable conmigo, le debo ese favor. Tan pronto se enteró, vino a casa a decírmelo, a pedirme consejo… En fin, muy atento.
Pero Carlos apareció de nuevo. Tenía en aquel momento la botica sin gente (¡no le habían dejado respirar durante toda la mañana!) y venía a hacer compañía a las señoras.
—¿Y usted, señor Carlos, ya está enterado —exclamó doña Josefa— del caso del «Comunicado» y de João Eduardo?