El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El boticario abrió mucho sus ojos redondos. ¿Qué relación había entre un artículo tan indigno y ese mancebo que le parecía honesto?
—¿¡Honesto!? —graznó doña Josefa Dias—. ¡Fue él quien lo escribió, señor Carlos!
Y al ver a Carlos mordiéndose el labio con asombro, doña Josefa, entusiasmada, repitió la historia de «la canallada».
—¿Qué le parece, señor Carlos, qué le parece?
El boticario dio su opinión con voz pausada, sobrecargada por la autoridad de un vasto entendimiento:
—En este caso digo, y todas las personas de bien lo dirán conmigo, que es una vergüenza para Leiría. Yo ya lo dije cuando leí el «Comunicado»: la religión es la base de la sociedad y minarla es, por así decirlo, querer demoler el edificio… Es una desgracia que haya en la ciudad sectarios de estos del materialismo y de la república, que, como es sabido, quieren destruir todo lo que existe; proclaman que los hombres y las mujeres deben unirse con la misma promiscuidad que los perros y las perras… Disculpen que me exprese así, pero la ciencia es la ciencia. Quieren tener el derecho de entrar en mi casa, llevarse mi plata y el sudor de mi frente; no admiten que haya autoridades y, si los dejasen, serían capaces de escupir en la sagrada hostia…