El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Doña Josefa se encogió con un gritito, estremecida.

—¡Y osa esta secta hablar de libertad! Yo también soy liberal… Lo digo francamente, no soy fanático… No por el hecho de que un hombre sea sacerdote lo juzgo un santo, no… Por ejemplo, siempre aborrecí al párroco Migueis… ¡Era una boa! Discúlpeme, señora, pero era una boa. Se lo dije a la cara, porque la ley del embudo, eso ya se ha acabado… Derramamos nuestra sangre en las trincheras de Oporto justamente para que no hubiese ley del embudo… Se lo dije a la cara: «¡Señor, es usted una boa!». Pero, en fin, cuando un hombre viste una sotana debe ser respetado… Y el «Comunicado», repito, es una vergüenza para Leiría… Y también le digo que con esos ateos, con esos republicanos, ¡no debe haber consideración! Yo soy un hombre pacífico, aquí Amparozinho me conoce bien; pues bien, si tuviese que escribir una receta para un republicano declarado, no tendría duda, en lugar de darle uno de esos compuestos benéficos que son el orgullo de nuestra ciencia, le mandaría una dosis de ácido prúsico. No, no diré que le recetaría ácido prúsico…, pero si estuviese en un tribunal, ¡haría que le cayese encima todo el peso de la ley!



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