El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Cuando doña Josefa entró en la iglesia, Amélia estaba aún en el confesionario. La vieja tosió, se arrodilló y, con las manos sobre el rostro, se abismó en una devoción a la Virgen del Rosario. La iglesia quedó inmóvil y en silencio. Después doña Josefa, volviéndose hacia el confesionario, espió por entre los dedos; Amélia se mantenía inmóvil, con el velo tapándole el rostro, el vuelo del vestido negro extendido a su alrededor, y doña Josefa regresó a sus rezos. Una lluvia fina fustigaba ahora los vidrios de una ventana a su lado. Por fin se oyó en el confesionario un rechinar de madera, un frufrú de sayas sobre las baldosas. Y doña Josefa, al volverse, vio a Amélia de pie delante de ella con la cara enrojecida y la mirada muy brillante.

—¿Lleva mucho tiempo esperando, madrina?

—Un poquito. Ya estás lista, ¿no?

Se levantó, se persignó y las dos mujeres salieron de la catedral. Seguía cayendo una lluvia fina; pero Artur Couceiro, que pasaba llevando unos expedientes al Gobierno Civil, fue con ellas hasta la Rua da Misericórdia, cobijándolas bajo su paraguas.


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