El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al caer la noche, João Eduardo iba a salir de su casa para ir a la Rua da Misericórdia, llevando bajo el brazo un rollo de muestras de papel pintado para que Amélia escogiese, cuando se encontró en la puerta con la Ruça, a punto de tocar la campanilla.
—¿Qué hay, Ruça?
—Las señoras han ido a pasar la noche fuera de casa y aquí le traigo esta carta que le manda la señora.
João Eduardo sintió que se le encogía el corazón y siguió con la mirada absorta a la Ruça, que marchaba calle abajo, taconeando con sus zuecos. Se dirigió hacia la farola de enfrente, abrió la carta:
Señor João Eduardo:
Lo decidido en relación con nuestra boda lo fue en el convencimiento de que era usted una persona de bien y que me podría hacer feliz; pero como todo se sabe, y como fue usted el que escribió el artículo del Distrito, y calumnió a los amigos de la casa y me insultó a mí, y como sus costumbres no me garantizan la felicidad en la vida de casada, debe desde hoy considerar todo terminado entre nosotros, pues no hay amonestaciones publicadas ni gastos hechos. Espero, igual que mi madre, que sea usted lo bastante delicado y no nos vuelva por casa, ni nos persiga por la calle. Todo lo cual le comunico por orden de mi madre, quedando de usted segura servidora.
