El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amélia Caminha
João Eduardo se quedó mirando estúpidamente la pared de enfrente, golpeada por la luz de la farola, inmóvil como una piedra, con su rollo de papeles pintados bajo el brazo. Maquinalmente, volvió a casa. Las manos le temblaban tanto que casi no podía encender el candil. De pie, junto a la mesa, releyó la carta. Después se quedó allí, fatigando la vista contra la llama de la vela, con una sensación gélida de quietud y de silencio, como si, de repente, sin impacto, toda la vida del universo hubiese enmudecido y cesado. Pensó dónde habrían ido ellas a pasar la noche. Recuerdos de veladas felices en la Rua da Misericórdia le cruzaron lentamente por la memoria:
Amélia trabajaba, con la cabeza baja, y entre el cabello muy negro y el collar muy blanco, su cuello tenía una palidez que la luz suavizaba… Entonces la idea de que la había perdido para siempre le traspasó el corazón con un frío de puñalada. Se apretó las sienes con las manos, atontado. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía hacer? Resoluciones bruscas relampagueaban por un momento en su espíritu y se desvanecían. ¡Quería escribirle! ¡Llevársela por la fuerza! ¡Marcharse al Brasil! ¡Averiguar quién había descubierto que él era el autor del artículo! Y como esto último era lo más factible a aquella hora, corrió a la redacción de la Voz do Distrito.