El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Agostinho, tumbado en el canapé, con la vela al lado sobre una silla, saboreaba los periódicos de Lisboa. El rostro descompuesto de João Eduardo lo asustó.
—¿Qué pasa?
—¡Pasa que me has perdido, bribón!
Y, sin tomar aliento, acusó furiosamente al jorobado de haberlo traicionado.
Agostinho se había levantado despacio y buscó, sin alterarse, la bolsa del tabaco en el bolsillo de la chaqueta.
—Hombre —dijo—, déjate de aspavientos… Yo te doy mi palabra de honor de que no le he dicho a nadie lo del «Comunicado». Es verdad que nadie me lo ha preguntado…
—Pero ¿quién ha sido, entonces? —gritó el escribiente.
Agostinho enterró la cabeza entre los hombros.
—Lo que yo sé es que los curas andaban locos por saber quién había sido. Natário estuvo ahí una mañana, por causa de la noticia de una viuda que recurre a la caridad pública, pero del «Comunicado» no se habló ni una palabra… El doctor Godinho lo sabía, ¡entiéndete con él! Pero, entonces, ¿te han hecho alguna jugada?