El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Me han matado! —dijo João Eduardo lúgubremente. Se quedó un momento mirando fijamente al suelo, hundido, y salió dando un portazo. Paseó por la plaza; anduvo sin rumbo por las calles; después, atraído por la oscuridad, fue a la carretera de Os Marrazes. Se asfixiaba, sentía una palpitación intolerable y sorda latiéndole por dentro contra las sienes; aunque el viento soplaba con fuerza en los campos, le parecía continuar inmerso en un silencio universal; por momentos la conciencia de su desgracia le rasgaba súbitamente el corazón y entonces creía ver todo el paisaje oscilando y el firme de la carretera se le figuraba blando como un barrizal. Volvió por la catedral cuando daban las once; y se encontró en la Rua da Misericórdia, con la mirada clavada en la ventana del comedor, donde aún había luz; la ventana de la habitación de Amélia se iluminó también; con seguridad, ella se disponía a acostarse… Le sobrevino un deseo furioso de su belleza, de su cuerpo, de sus labios. Huyó hacia su casa; una fatiga insufrible lo postró sobre la cama; después, una nostalgia indefinida, profunda, lo fue ablandando y lloró durante mucho tiempo, enterneciéndose aún más con el sonido de sus propios sollozos… hasta que se quedó dormido, boca abajo, convertido en una masa inerte.

Al día siguiente, temprano, Amélia se dirigía desde la Rua da Misericórdia hacia la plaza cuando, junto al arco, João Eduardo le salió al paso.


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