El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Entretanto, crecía; y su aspecto seguía siendo el mismo, menudo y pálido; nunca reía a carcajadas, andaba siempre con las manos en los bolsillos. Estaba continuamente metido en las habitaciones de las criadas, curioseando en sus cajones; revolvía entre las faldas sucias, olía los algodones postizos. Era extremadamente perezoso y por las mañanas costaba arrancarlo de una somnolencia enfermiza que lo dejaba como derretido, todo envuelto entre las mantas y abrazado a la almohada. Ya andaba un poco encorvado y los criados le llamaban «el curita».
Un domingo de carnaval por la mañana, después de misa, cuando se dirigía a la terraza, la señora marquesa cayó muerta de repente por una apoplejía. Dejaba en su testamento un legado para que Amaro, el hijo de su criada Joana, entrase a los quince años en el seminario y se ordenase. El padre Liset quedaba encargado de llevar a cabo esta disposición piadosa. Amaro tenía entonces trece años.