El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Se hizo muy miedoso. Dormía con la lamparita encendida, al lado de una vieja ama. Las criadas, además, lo afeminaban; lo encontraban guapito, lo colocaban entre ellas, lo besuqueaban, le hacían cosquillas; y él rodaba entre sus faldas, en contacto con sus cuerpos, con grititos de satisfacción. A veces, cuando la señora marquesa salía, lo vestían de mujer, entre grandes risas; él se dejaba hacer, semidesnudo, con sus gestos lánguidos, los ojos entrecerrados y coloretes rojos en las mejillas. Aparte de eso, las criadas lo utilizaban unas contra otras en sus intrigas: Amaro era el correveidile de sus quejas. Se volvió muy liante, muy mentiroso.
A los once años ayudaba en misa y los sábados limpiaba la capilla. Era su día preferido; se cerraba por dentro, colocaba los santos sobre una mesa, bajo la luz, besándolos con ternuras devotas y placer goloso; y durante toda la mañana, muy atareado, canturreando el «Santísimo», limpiaba de bichos los vestidos de las vírgenes y lavaba con yeso y gres las aureolas de los mártires.