El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La señora marquesa había decidido muy pronto hacer ingresar a Amaro en la vida eclesiástica. Su figura pálida y flacucha pedía aquel destino recogido: era ya aficionado a las cosas de capilla y su mayor placer era anidar junto a las mujeres, entre el calor de sus faldas, oyéndolas hablar de santas. La señora marquesa no quiso mandarlo al colegio porque desconfiaba de la impiedad de los tiempos y de las amistades inmorales. El capellán de la casa le enseñaba el latín y la hija mayor, doña Luisa, que tenía nariz de caballete y leía a Chateaubriand, le daba lecciones de francés y de geografía.
Amaro era, como decían los criados, «un mosquita muerta». Nunca jugaba, nunca corría al aire libre. Si algunas tardes acompañaba a la marquesa por las alamedas de la finca, cuando paseaba ella del brazo del padre Liset o del respetuoso procurador Freitas, él caminaba a su lado, como un monito, muy encogido, retorciendo con las manos húmedas el forro de los bolsillos, vagamente temeroso de la espesura del arbolado y del movimiento de las hierbas altas.