El crimen del padre Amaro

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La marquesa de Alegros había enviudado a los cuarenta y tres años y pasaba la mayor parte del año retirada en su quinta de Carcavelos. Era una persona pasiva, de bondad indolente, con capilla en casa y un respeto devoto por los curas de San Luis, siempre preocupada por los intereses de la Iglesia. Sus dos hijas, educadas en el temor de Dios y en las preocupaciones de la moda, eran beatas y chic, hablaban con igual fervor de la humildad cristiana que del último figurín de Bruselas. Un periodista de la época había dicho de ellas: «Todos los días piensan en la toilette con la que entrarán en el paraíso».

En el aislamiento de Carcavelos, en aquella quinta de alamedas aristocráticas en las que chillaban los pavos reales, las dos señoritas se aburrían. La religión, la caridad eran entonces ocupaciones ávidamente aprovechadas: cosían vestidos para los pobres de la parroquia, bordaban paramentos para los altares de la iglesia. Desde mayo hasta octubre estaban enteramente absorbidas por la tarea de «salvar su alma»; leían libros beatos y dulces; como no tenían São Carlos, las visitas, la Aline, recibían curas y cotilleaban sobre las virtudes de los santos. Dios era su lujo de verano.



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