El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pero, señor doctor, ¡me ha indispuesto con las señoras! ¡Yo nunca he sido hombre de malas costumbres, señor doctor! ¡Me ha calumniado!
—¿Tiene testigos?
—No, señor.
—¿Entonces?
Y el doctor Godinho, apoyando los codos sobre la mesa, declaró, como abogado, que no tenía nada que hacer. Los tribunales no se ocupaban de esos asuntos, de esos dramas morales, por así decirlo, que ocurrían en las alcobas de las casas… Como hombre, como particular, como Alípio de Vasconcelos Godinho, tampoco podía intervenir, porque no conocía al señor padre Amaro ni a aquellas señoras de la Rua da Misericórdia… Lamentaba lo sucedido ya que, en fin, también él había sido joven, había sentido la poesía de la mocedad y sabía (¡desgraciadamente sabía!) lo que eran aquellos lances del corazón… Y aquello era todo lo que él podía hacer: ¡lamentarlo! Además, ¿para qué le había dado su amor a una beata?
João Eduardo lo interrumpió:
—¡La culpa no es de ella, señor doctor! ¡La culpa es del cura que se dedica a desencaminarla! ¡La culpa es de esa chusma del cabildo!