El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El doctor Godinho extendió la mano con severidad y aconsejó a João Eduardo ¡que tuviese cuidado con asertos semejantes! Nada probaba que el señor párroco tuviese en aquella casa otra influencia que no fuese la de un hábil director espiritual… Y recomendaba al señor João Eduardo, con la autoridad que le daban los años y su posición en el país, que no difundiese, por despecho, acusaciones que sólo servían para destruir el prestigio del sacerdocio, ¡indispensable en una sociedad bien constituida!… ¡Sin él, todo sería anarquía y orgía!
Y se recostó en la butaca, pensando satisfecho que aquella mañana estaba en posesión del «don de la palabra».
Pero el rostro consternado del escribiente, que no se movía, de pie junto a la mesa, lo impacientaba; y dijo con sequedad, poniendo ante sí una pila de autos:
—En fin, acabemos, ¿qué quiere usted? Ya ve, yo no puedo arreglarle nada.
João Eduardo replicó, en un movimiento de coraje desesperado:
—Yo había imaginado que el señor doctor podría hacer algo por mí… Porque, en fin, yo he sido una víctima… Todo esto viene por haberse sabido que yo escribí el «Comunicado». Y se había acordado que se guardaría el secreto. Agostinho no lo contó, sólo usted lo sabía…