El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Le dio consejos de una solicitud paternal. Que no sucumbiese; había más chicas en Leiría y chicas de buenos principios que no vivían bajo la dirección de la sotana. Que fuese fuerte y se consolase pensando que él, el doctor Godinho —¡él!— también había sufrido de joven disgustos del corazón. Que evitase el dominio de las pasiones, que le sería perjudicial en la carrera pública. Y que si no lo hacía por su propio interés, ¡que lo hiciese al menos en atención a él, al doctor Godinho!
João Eduardo salió del despacho indignado, considerándose traicionado por el doctor.
—Esto me pasa —rezongaba— porque soy un pobre diablo, no doy votos en las elecciones, no voy a las soirées de Novais, no soy socio del club. ¡Ah, qué mundo! ¡Si yo tuviese un par de miles de reales!
Le sobrevino entonces un deseo furioso de vengarse de los curas, de los ricos y de la religión que los justifica. Volvió muy decidido al despacho, y entreabriendo la puerta:
—¿Me concede al menos permiso Su Excelencia para desahogarme en el periódico?… Me gustaría contar esta canallada, cascarle a esa golfería…
Esta audacia del escribiente indignó al doctor. Se enderezó con severidad en la poltrona, y cruzando terriblemente los brazos: