El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pues no tiene disculpa un hombre de veintiséis años con esas ideas subversivas. Adiós, cierre la puerta. Y escuche. Es inútil que piense en mandar otro «Comunicado» a cualquier otro periódico. No se lo consiento, ¡yo, que lo he protegido siempre! Lo que quiere es dar un escándalo… Es inútil que lo niegue, estoy leyéndolo en sus ojos. ¡Pues no se lo consiento! ¡Es por su bien, para evitarle una mala acción social! —Adoptó una actitud grandiosa en su poltrona, repitió con fuerza—: ¡Una pésima acción social! ¿Adónde nos quieren llevar los señores con sus materialismos, sus ateÃsmos? ¿Qué tienen ustedes para sustituir la religión de nuestros padres cuando hayan acabado con ella? ¿Qué tienen? ¡Enséñemelo!
La expresión confusa de João Eduardo, que no tenÃa allÃ, para enseñar, ninguna religión que sustituyese a la de nuestros padres, hizo triunfar al doctor.
—¡No tienen nada! Tienen lodo, como mucho tienen palabrerÃa. Pero mientras yo viva, por lo menos en LeirÃa, ¡será respetada la fe y el principio del orden! Pueden poner Europa a sangre y fuego, que en LeirÃa no levantarán cabeza. En LeirÃa estoy yo alerta, ¡y juro que he de serles funesto!