El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro ¡Y una esperanza inmensa le iluminó bruscamente el alma! ¡El doctor Gouveia podía salvarlo! Era su amigo; lo tuteaba desde que lo había curado hacía tres años de una neumonía; aprobaba su boda con Amélia; unas pocas semanas atrás le había preguntado en la plaza: «Entonces, ¿cuándo va a hacer feliz a esa joven?». ¡Y qué respetado, qué temido era en la Rua da Misericórdia! Era el médico de todas las amigas de la casa, quienes, pese a escandalizarse por su irreligiosidad, dependían humildemente de su ciencia para los achaques, los flatos, los jarabes. Además, el doctor Gouveia, enemigo declarado de la «curería», se indignaría con seguridad ante aquella intriga beata; y João Eduardo ya se imaginaba entrando en la Rua da Misericórdia detrás del doctor Gouveia, que reprendía a la Sanjoaneira, humillaba al padre Amaro, convencía a las viejas… ¡y su felicidad recomenzaba, ya inamovible!
—¿Está el señor doctor? —preguntó casi alegre a la criada que en el patio tendía la ropa al sol.
—Está en la consulta, señor Joãozinho, haga el favor de pasar.