El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro En días de mercado afluían continuamente los pacientes llegados del campo. Pero a aquella hora, cuando los vecinos de las parroquias se reúnen en las tabernas, sólo había un viejo, una mujer con un niño en brazos y el hombre del brazo en cabestrillo, esperando en una salita baja con bancos, dos plantas de albahaca en la ventana y un gran grabado con la coronación de la reina Victoria. A pesar del claro sol que entraba desde el patio y del fresco follaje de un tilo que rozaba el alféizar de la ventana, la salita producía tristeza, como si las paredes, los bancos, las propias albahacas estuviesen saturadas de la melancolía de las enfermedades que habían pasado por allí. João Eduardo entró y se sentó en un rincón.