El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Ya había pasado el mediodía y la mujer estaba quejándose de tener que esperar tanto: era de una parroquia lejana, había dejado a su hermana en el mercado, ¡y hacía una hora que el señor doctor estaba con dos señoras! A cada momento el niño se enfadaba, ella lo mecía en sus brazos, después callaban; el viejo se remangaba la calza, contemplaba con satisfacción una llaga en la canilla envuelta en trapos; y el otro hombre daba bostezos desconsolados que hacían más lúgubre su larga cara amarilla. Aquella demora enervaba, ablandaba al escribiente; sentía que perdía poco a poco el ánimo de ocupar al doctor Gouveia; preparaba laboriosamente su historia, que ahora le parecía muy insuficiente para interesarle. Le sobrevenía entonces un desaliento que los rostros insípidos de los enfermos volvían aún más intenso. ¡Verdaderamente era una cosa bien triste esta vida, sólo llena de miserias, de sentimientos traicionados, de dolores, de enfermedades! Se ponía en pie; y con las manos a la espalda se acercaba a ver desconsoladamente la coronación de la reina Victoria.
De vez en cuando la mujer entreabría la puerta para ver si las dos señoras seguían allí. Allí seguían; y a través de la puerta forrada de bayeta verde que cerraba el gabinete del doctor, se escuchaban sus voces calmosas.
—¡Caer aquí es un día perdido! —murmuraba el viejo.