El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro También él había dejado la montura a la puerta del Fumaça, y la chica en la plaza… ¡Y lo que tendría que esperar después en la botica! ¡Con tres leguas todavía por delante para volver a la parroquia…! Estar enfermo está bien, ¡pero para el que es rico y tiene tiempo!
La idea de la enfermedad, de la soledad que traía consigo, hacía que a João Eduardo le pareciese aún más amarga la pérdida de Amélia. Si se pusiese malo tendría que irse al hospital. El malvado del cura lo había despojado de todo: mujer, felicidad, consuelos de familia, ¡las dulces compañías de la vida!
Por fin oyeron en el pasillo a las dos señoras que salían. La mujer con el niño cogió su cesto y dejó la sala precipitadamente. Y el viejo, apoderándose del banco y situándose al lado de la puerta, dijo con satisfacción:
—¡Ahora le toca al patrón!
—¿Tiene usted mucho que consultar? —le preguntó João Eduardo.
—No, señor, es sólo que me dé la receta.
E inmediatamente contó la historía de su llaga: una viga que le había caído encima; no le había hecho caso; después la herida se había ensañado; y ahora allí estaba, tullido y curtido de dolores.
—¿Y lo suyo, es cosa de cuidado? —preguntó él.