El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Yo no estoy enfermo —dijo el escribiente—. Es por un asunto con el señor doctor.
Los dos hombres lo miraron con envidia.
Por fin le llegó el turno al viejo, después al hombre amarillo con el brazo en cabestrillo. João Eduardo, solo, paseaba nervioso por la salita. Ahora le parecía muy difícil ir así, sin ceremonia, a pedirle protección al doctor ¿Con qué derecho?… Se le ocurrió quejarse primero de dolores en el pecho o de molestias en el estómago y después, incidentalmente, contarle sus infortunios…
Pero la puerta se abrió. El doctor estaba ante él, con su larga barba gris cayéndole sobre la levita de terciopelo negro, el amplio sombrero de ala ancha sobre la cabeza, los guantes de hilo de Escocia.
—¡Vaya, eres tú, muchacho! ¿Hay novedades en la Rua da Misericórdia?
João Eduardo se puso colorado.
—No, señor. Señor doctor, quería hablarle en privado. Lo siguió al gabinete, el famoso gabinete del doctor Gouveia que, con su caos de libros, su aspecto polvoriento, una panoplia de flechas selváticas y dos cigüeñas embalsamadas, tenía en la ciudad la reputación de «una celda de alquimista».
El doctor sacó su reloj.
—Las dos menos cuarto. Sé breve.