El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La cara del escribiente expresó la dificultad de condensar una narración tan complicada.
—Está bien —dijo el doctor—, explícate como puedas. No hay nada más difícil que ser claro y breve; hay que tener talento. ¿Qué pasa?
Entonces, João Eduardo tartamudeó su historia, insistiendo sobre todo en la perfidia del cura, exagerando la inocencia de Amélia…
El doctor lo escuchaba, mesándose la barba.
—Ya me doy cuenta. Tú y el cura —dijo— queréis a la muchacha. Como él es el más despierto y el más decidido, se la ha llevado. Es ley natural: el más fuerte despoja, elimina al más débil; la hembra y la presa le pertenecen.
Aquello le pareció a João Eduardo un chiste. Dijo, con la voz alterada:
—Usted se lo toma a broma, señor doctor, ¡pero a mí se me rompe el corazón!
—Hombre —intervino con bondad el doctor—, estoy filosofando, no estoy bromeando… Pero, en fin, ¿qué quieres que haga yo?
¡Era lo mismo que le había dicho, con más pompa, el doctor Godinho!
—Yo tengo la seguridad de que si usted le hablase…
El doctor sonrió: