El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Yo puedo recetarle a la chica este o aquel jarabe, pero no puedo imponerle este o aquel hombre. ¿Quieres que vaya a decirle: «La señorita debe preferir al señor João Eduardo»? ¿Quieres que vaya a decirle al cura, un tunante al que no he visto nunca: «Haga usted el favor de no seducir a esta señorita»?
—Pero me han calumniado, señor doctor, me han presentado como un hombre de malas costumbres, como un depravado…
—No, no te han calumniado. Desde el punto de vista del cura y de esas señoras que juegan por la noche a la lotería en la Rua da Misericórdia, tú eres un depravado; un cristiano que vitupera en los periódicos a abades, canónigos, curas, personajes tan importantes para comunicarse con Dios y para salvar el alma, es un depravado. ¡No te han calumniado, amigo!
—Pero, señor doctor…