El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro no encontró allí el elemento femenino y cariñoso que tan cálidamente lo arropaba en Carcavelos. Su tía casi no se fijaba en él; se pasaba los días leyendo novelas, las reseñas teatrales de los periódicos, vestida de seda, cubierta de polvos de arroz, peinada con tirabuzones, esperando la hora en que el Cardoso, galán de A Trindade, estirando los puños de la camisa, pasaba bajo su ventana. Entonces el tendero se apropió de Amaro como de una herramienta imprevista y lo puso en el mostrador. Lo obligaba a levantarse a las cinco de la mañana; y el muchacho temblaba en su chaqueta de paño azul, mojando deprisa el pan en la taza de café, sentado en una esquina de la mesa de la cocina. Lo detestaban; su tía le llamaba «el cebolla» y su tío «el burro». Les dolía hasta el raquítico pedazo de carne de vaca que le daban en la comida. Amaro adelgazaba, y lloraba cada noche.
Ya sabía que a los quince años debería entrar en el seminario. Su tío se lo recordaba todos los días:
—¡No creas que te vas a quedar aquí holgazaneando toda la vida, burro! En cuanto cumplas los quince años, al seminario. ¡No tengo obligación de cargar contigo! Yo no alimento animales que no rindan.