El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y el muchacho ansiaba el seminario como una liberación. Nadie le habÃa preguntado nunca por sus tendencias o por su vocación. Le imponÃan una sobrepelliz; su naturaleza pasiva, fácilmente dominable, la aceptaba igual que aceptarÃa un uniforme. Por lo demás, no le desagradaba «ser cura». Desde su abandono de los rezos perpetuos de Carcavelos conservaba su miedo al infierno, pero habÃa perdido el fervor por los santos; recordaba, no obstante, a los curas que habÃa visto en casa de la señora marquesa, gentes blancas y bien tratadas que comÃan al lado de las señoras y tomaban rapé en cajas de oro; y le atraÃa esa profesión en la que se cantan bonitas misas, se comen dulces delicados, se habla en voz baja con las mujeres, viviendo entre ellas, cuchicheando, sintiendo su calor penetrante, y se reciben regalos en bandejas de plata. Recordaba al padre Liset con un anillo de rubà en el dedo meñique; a monseñor Savedra con sus bellos anteojos de oro, bebiendo a pequeños tragos su copa de madeira. Las hijas de la señora marquesa les bordaban pantuflas. Un dÃa habÃa visto a un obispo que habÃa sido cura en BahÃa, habÃa viajado, habÃa estado en Roma, era muy jovial; y en la sala, con sus manos ungidas y olorosas a agua de colonia apoyadas en la empuñadura de oro del bastón, completamente rodeado de señoras arrobadas y rebosantes de risa beata, cantaba para entretenerlas con su hermosa voz:
Mulacinha da BaÃa,