El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pago siete vintems, señor doctor.
—Pero, en fin, vas a las celebraciones, oyes la música, el sermón, desquitas tus siete vintems. Yo pierdo mi tributo; me consuelo apenas con la idea de que va a ayudar a mantener el esplendor de la Iglesia… de la Iglesia que en vida me considera un bandido y que para después de muerto me tiene preparado un infierno de primera clase. En fin, me parece que ya hemos charlado bastante… ¿Quieres algo más?
João Eduardo estaba abatido. Escuchando al doctor le parecía, más que nunca, que si un hombre de palabras tan sabias, de tantas ideas, se interesase por él, toda la intriga sería fácilmente deshecha y su felicidad, su lugar en la Rua da Misericórdia recuperados para siempre.
—Entonces, ¿no puede usted hacer nada por mi? —dijo muy desconsolado.
—Tal vez pueda curarte de otra neumonía. ¿Tienes otra neumonía que curar? ¿No? Entonces…
João Eduardo suspiró:
—¡Soy una víctima, señor doctor!
—Haces mal. No debe haber víctimas, salvo para impedir que haya tiranos —dijo el doctor poniéndose su gran sombrero de ala ancha.