El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Porque en el fondo —exclamó aún João Eduardo, que se agarraba al doctor con la avidez de un náufrago—, en el fondo lo que el asqueroso del párroco quiere, con todos sus pretextos, ¡es a la chica! Si ella fuese un callo, ¡qué le iba a importar al sinvergüenza que yo fuese o no un impío! ¡Lo que él quiere es a la chica!
El doctor se encogió de hombros.
—Pobre, es natural —dijo ya con la mano en el pestillo de la puerta—. ¿Qué quieres? Él, como hombre, tiene para las mujeres pasión y órganos; como confesor, la importancia de un dios. Es evidente que utilizará esa importancia para satisfacer esas pasiones, y que recubrirá esa satisfacción natural con las apariencias y los pretextos de un servicio divino… Es lógico.
João Eduardo entonces, viéndolo abrir la puerta y desvanecerse la esperanza que lo había llevado allí, dijo, furioso, cruzando el aire con el sombrero:
—¡Curas canallas! ¡Raza que siempre detesté! ¡Querría verla barrida de la faz de la tierra, señor doctor!
—Ésa es otra tontería —dijo el doctor, resignándose a escucharlo todavía y deteniéndose a la puerta de la habitación—. Vamos a ver ¿Tú crees en Dios? ¿En el Dios del cielo, en el Dios que está allá en lo alto del cielo y que es el principio de toda justicia y de toda verdad?