El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro João Eduardo, sorprendido, dijo:
—Creo, sí señor.
—¿Y en el pecado original?
—También…
—¿En la vida futura, en la redención, etcétera?
—He sido educado en esas creencias…
—Entonces, ¿para qué quieres barrer a los curas de la faz de la tierra? Al contrario, debes pensar que aún son pocos. Eres un liberal racionalista en los límites de la Carta, por lo que veo… ¡Pero si crees en el Dios del cielo, que nos gobierna desde allá arriba, y en el pecado original, y en la vida futura, necesitas de una clase sacerdotal que te explique la doctrina y la moral revelada por Dios, que te ayuden a purificarte de la mancha original y que te preparen para ocupar un lugar en el paraíso! Tú necesitas a los curas. E incluso me parece una terrible falta de lógica que los desacredites en la prensa…
João Eduardo, atónito, balbució:
—Pero usted, señor doctor… Discúlpeme, pero…
—Dime, hombre. ¿Yo qué?
—Usted no necesita a los curas en este mundo.