El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Era un tal Gustavo, tipógrafo de la Voz do Distrito, que hacía dos meses se había ido a Lisboa. Según decía Agostinho, era «muchacho de cabeza e instruidote, pero con unas ideas del diablo». Escribía a veces artículos sobre política exterior en los que introducía frases poéticas y rimbombantes, maldiciendo a Napoleón III, al zar y a los opresores del pueblo, llorando la esclavitud de Polonia y la miseria del proletariado. La simpatía entre él y João Eduardo provenía de conversaciones sobre religión en las que ambos exhalaban su odio al clero y su admiración a Jesucristo. La revolución de España lo había entusiasmado tanto que quería hacerse miembro de la Internacional; y el deseo de vivir en un centro obrero, donde hubiese asociaciones, discursos y fraternidad, lo había llevado a Lisboa. Allí había encontrado un buen trabajo y buenos camaradas. Pero como mantenía a su madre, vieja y enferma, y como era más económico que viviesen juntos, había vuelto a Leiría. El Distrito, además, ante la perspectiva de elecciones, prosperaba hasta el punto de haberles aumentado el salario a los tres tipógrafos.

—Así que aquí estoy otra vez con el «Raquítico»…

Iba a comer e invitó a João Eduardo a que le hiciese compañía. ¡No se iba a acabar el mundo, qué diablo, porque faltase un día a la notaría!


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