El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro João Eduardo recordó entonces que no comía desde la víspera. Era tal vez la debilidad lo que lo tenía así, entontecido, tan predispuesto al desánimo… Se decidió, contento de poder estirarse en el banco de la taberna, después de las emociones y fatigas de la mañana, ante un plato lleno, en intimidad con un camarada de odios semejantes a los suyos. Además, los golpes recibidos le provocaban una necesidad, un deseo de comprensión; y dijo con vehemencia:
—¡Hombre, estupendo! ¡Me vienes que ni caído del cielo! Este mundo es una porquería. Si no fuese por algún momento pasado entre amigos, ¡no valdría la pena andar por aquí!
Estas maneras, tan nuevas en João Eduardo, en «el Pacatito», sorprendieron a Gustavo.
—¿Por qué? ¿No van bien las cosas? Broncas con el animal de Nunes, ¿no? —le preguntó.
—No, un poco de spleen.
—¡Eso de spleen es inglés! ¡Oh, chico, tendrías que ver al Taborda en Amor Londrino!… Déjate de spleen. ¡La cosa es meter peso dentro cargando bien en el líquido!
Lo cogió del brazo y lo hizo entrar en la taberna.
—¡Viva el tío Osõrio! ¡Salud y fraternidad!