El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El dueño del figón, el tío Osõrio, personaje obeso y satisfecho de la vida, con la camisa arremangada hasta los hombros, los brazos desnudos muy blancos apoyados sobre el mostrador, la cara fofa y astuta, se congratuló al ver a Gustavo de nuevo en Leiría. Lo encontraba más flacucho… Debía de ser de las malas aguas de Lisboa y del mucho campeche en los vinos… ¿Y qué iba a servirles a los caballeros?
Gustavo, plantándose delante de la alacena, con el sombrero hacia la nuca, se apresuró a soltar el chascarrillo que tanto lo había entusiasmado en Lisboa.
—Tío Osõrio, ¡sírvanos hígado de rey con riñón de cura a la parrilla!
El tío Osõrio, pronto para la réplica, dijo, rozando levemente con la rodilla el cinc del contador:
—De eso aquí no tenemos, señor Gustavo. Ésas son delicadezas de la capital.
—¡Entonces están ustedes muy atrasados! En Lisboa era mi desayuno de todos los días… Bien, se acabó, pónganos dos platos de hígado frito con patatas… ¡y bien llenitos, eh!
—Serán servidos como amigos.