El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Y eso es lo que te va a pasar a ti!… Tú tienes ideas menos malas respecto de la religión, pero aún he de verte de hábito rojo y cirio en la mano en la procesión del Cristo de los Pasos… Filosofía y ateísmo no cuestan nada cuando se charla en el billar, entre amigos… Pero practicarlos en familia, cuando se tiene una mujer bonita y devota, ¡es el demonio! Es lo que te va a pasar, si es que no te está pasando ya: enviarás tus convicciones de liberal al cajón del polvo ¡y terminarás luego haciéndole reverencias al confesor de la casa!
João Eduardo se ponía rojo de indignación. Incluso en los tiempos de su felicidad, cuando tenía a Amélia segura, aquella acusación, que el tipógrafo hacía sólo para discutir, para charlar, lo habría escandalizado. ¡Pero hoy! ¡Precisamente cuando había perdido a Amélia por haber expresado en alto, en un periódico, su horror a los beatos! ¡Hoy, que se hallaba allí, con el corazón roto, robada toda su alegría, precisamente por sus opiniones liberales!…
—¡Tiene gracia que me digas eso a mí! —dijo, con una amargura sombría.
El tipógrafo chanceó:
—Hombre ¡aún no me consta que seas un mártir de la libertad!