El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro João Eduardo se encogió de hombros. Agostinho no lo había dicho. Desconfiaba de la mujer de Godinho, que lo sabía por el marido y que había ido a contárselo al padre Silvério, su confesor, el padre Silvério de la Rua das Teresas…
—¿Uno gordo que parece hidrópico?
—Sí.
—¡Menuda bestia! —rugió el tipógrafo con rencor.
Observaba ahora a João Eduardo con respeto, aquel João Eduardo que se le revelaba inesperadamente como un paladín del librepensamiento.
—¡Bebe, amigo, bebe! —le decía, llenándole el vaso con cariño, como si aquel esfuerzo heroico de liberalismo necesitase aún, después de tantos días, ánimos excepcionales.
¿Y qué había pasado? ¿Qué había dicho la gente de la Rua da Misericórdia?
Tanto interés emocionó a João Eduardo, y de un golpe hizo su confidencia. Incluso le enseñó la carta de Amélia que, con toda seguridad, pobre, le habían obligado a escribir en medio de un terror infernal, bajo la presión de los curas enfurecidos…
—Y aquí tienes a la víctima, ¡que soy yo, Gustavo!