El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro En efecto, lo era; y el tipógrafo lo consideraba con una admiración creciente. Ya no era «el Pacatito», el escribiente de Nunes, el pelotillero de la Rua da Misericórdia… era una vÃctima de las persecuciones religiosas. Era la primera que veÃa el tipógrafo; y, aunque no se le aparecÃa en la actitud tradicional de las estampas de propaganda, amarrado a un poste en una hoguera o huyendo despavorido con su familia ante soldados que se acercaban galopando en la sombra desde el último plano, lo encontraba interesante. Le envidiaba secretamente aquel honor social. ¡Menuda reputación le darÃa a él entre la chavalada de Alcántara! ¡Qué bicoca ser una vÃctima de la reacción sin perder el consuelo del hÃgado frito del tÃo Osõrio y las pagas completas los sábados!… Pero, sobre todo, ¡el modo de actuar de los curas lo enfurecÃa! Para vengarse de un liberal, habÃan conspirado, ¡le habÃan quitado la novia! ¡Oh, qué canalla!… Y olvidando sus sarcasmos sobre el matrimonio y la familia, bramó en voz alta contra el clero, que fue siempre el destructor de esa institución social, perfecta, ¡de origen divino!
—¡Esto pide una venganza terrible, chico! ¡Hay que destrozarlos!
¿Una venganza? João Eduardo la deseaba, ¡vorazmente! Pero ¿cuál?
—¿Cuál? ¡Contarlo todo en el Distrito, en un artÃculo tremendo!