El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro João Eduardo le repitió las palabras del doctor Godinho: ¡de allí en adelante el Distrito estaba cerrado para los señores librepensadores!
—¡Jumento! —rugió el tipógrafo.
Pero, ¡caramba!, tenía una idea. ¡Publicar un folleto! Un folleto de veinte páginas, lo que se llama en el Brasil una «mofina», pero en un estilo florido —él se encargaba de eso—, ¡que cayese sobre el clero como un alud de verdades mortales!
João Eduardo se entusiasmó. Y ante aquella simpatía activa de Gustavo, viendo en él a un hermano, liberó las últimas confidencias, las más dolorosas. Lo que había en el fondo de la intriga era la pasión del padre Amaro por la chica, era para apoderarse de ella por lo que se deshacía de él… El enemigo, el malvado, el verdugo… ¡era el párroco!
El tipógrafo se llevó las manos a la cabeza: un caso semejante, si bien era para él trivial en las noticias locales que componía, sucedido a un amigo suyo que estaba allí bebiendo con él, a un demócrata, le parecía monstruoso, una cosa parecida a los furores de la vejez de Tiberio, violando en baños perfumados las carnes delicadas de mancebos patricios.