El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro No podÃa creerlo. João Eduardo acumuló pruebas. Y entonces Gustavo, que habÃa mojado generosamente en tinto las raciones de hÃgado, levantó los puños cerrados, y con el rostro agarrotado, los dientes apretados, gritó roncamente:
—¡Abajo la religión!
Del otro lado del tabique una voz socarrona graznó en réplica:
—¡Viva PÃo Nono!
Gustavo se puso en pie para ir a abofetear al entrometido. Pero João Eduardo lo calmó. Y el tipógrafo, sentándose tranquilamente, chupeteó las últimas gotas del vaso.
Entonces, con los codos sobre la mesa, la botella en el centro, hablaron en voz baja, rostro frente a rostro, en torno al plan del folleto. La cosa era fácil: lo escribirÃan los dos. João Eduardo lo querÃa en forma de romance, de enredo negro, dándole al personaje del párroco los vicios y las perversiones de CalÃgula o de Heliogábalo. El tipógrafo, sin embargo, querÃa un libro filosófico, de estilo y de principios, ¡que demoliese de una vez para siempre el ultramontanismo! Él mismo se encargarÃa de imprimir la obra por las tardes, gratis, ya se sabe. Pero entonces, bruscamente, surgió una dificultad.
—¿El papel? ¿Cómo conseguimos el papel?