El crimen del padre Amaro

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Era un gasto de nueve o diez mil reales; ninguno de los dos los tenía…, ni tampoco un amigo que, por fidelidad a los principios, se los adelantase.

—¡Pídeselos a Nunes a cuenta de tu salario! —apuntó vivamente el tipógrafo.

João Eduardo balanceó con tristeza la cabeza. Estaba precisamente pensando en Nunes y en su indignación de devoto, de miembro de la junta parroquial, de amigo del chantre, apenas leyese el panfleto. ¿Y si supiera que era su escribiente quien lo había compuesto, con las plumas de la notaría, en el papel de barba de la notaría?… Lo veía ya rojo de cólera, alzando sobre la punta de los zapatos blancos su figura gordinflona y gritando con voz de grillo: «¡Fuera de aquí, masón, fuera de aquí!».

—Quedaba yo bien arreglado —dijo João Eduardo muy serio—, ¡ni mujer ni pan!

Esto hizo recordar también a Gustavo la cólera probable del doctor Godinho, dueño de la tipografía. El doctor Godinho, que después de la reconciliación con la gente de la Rua da Misericórdia había retomado públicamente su notoria posición de pilar de la Iglesia y columna de la fe…

—Es el demonio, puede salirnos caro —dijo él.

—¡Es imposible! —dijo el escribiente.

Entonces maldijeron de rabia. ¡Perder una ocasión como aquélla para enseñar las miserias del clero!


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