El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El plan del folleto, como una columna caída, que parece más grande, se les figuraba ahora, ya derribado, de una altura y de una importancia colosal. No era ya la demolición local de un párroco perverso, era la ruina, a lo largo y a lo ancho, de todo el clero, de los jesuitas, del poder temporal, de otras cosas funestas… ¡Maldición! ¡Si no fuese por Nunes, si no fuese por Godinho, si no fuese por los nueve mil reales de papel!
Aquel perpetuo obstáculo del pobre, falta de dinero y dependencia del patrón, que hasta para un folleto era un estorbo, los rebeló contra la sociedad.
—Está claro que es necesaria una revolución —afirmó el tipógrafo—. ¡Es necesario destruirlo todo, todo! —Y su amplio gesto sobre la mesa indicaba, en una formidable nivelación social, una demolición de iglesias, palacios, bancos, cuarteles ¡y propiedades de Godinho!—. ¡Otra de tinto, tío Osõrio!
Pero el tío Osõrio no aparecía. Gustavo golpeó en la mesa con toda su fuerza con el mango del cuchillo. Y, finalmente, encolerizado, salió fuera hasta el mostrador «para reventarle la panza a aquel vendido que hacía esperar así a un ciudadano».