El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Un año antes de entrar en el seminario, su tío lo envió a un maestro para que perfeccionase el latín y lo dispensó de estar en el mostrador Por primera vez en su existencia Amaro tuvo libertad. Iba solo a la escuela, paseaba por las calles. Vio la ciudad, los juegos de los niños, se asomó a las puertas de los cafés, leyó las carteleras de los teatros. Sobre todo, empezó a fijarse mucho en las mujeres y, viendo todo aquello, le sobrevenían grandes melancolías. Su hora triste era el anochecer, cuando volvía de la escuela, o los domingos después de haber ido a pasear con el tendero al Jardim da Estrela. Su habitación estaba arriba, en el desván, con una ventanita abierta sobre los tejados. Se asomaba allí a mirar y veía parte de la ciudad baja que poco a poco se iba llenando de puntos de luz de gas; le parecía percibir que llegaba de allí un rumor indefinido: era la vida que no conocía y que juzgaba maravillosa, los cafés abrasados de luz y las mujeres arrastrando sus frufrús de seda por los peristilos de los teatros; se perdía en imaginaciones difusas y, de pronto, en el fondo negro de la noche se le aparecían fragmentos de formas femeninas, una pierna con botines de sarga y una media muy blanca, o un brazo rollizo remangado hasta el hombro… Pero abajo, en la cocina, la criada empezaba a lavar la loza, cantando; era una mocita gorda, llena de pecas; y le entraban entonces ganas de bajar, de rozarse contra ella o de quedarse en un rincón viéndola escaldar los platos; se acordaba de otras mujeres que había visto en las calles de mala nota, con las faldas engomadas y ruidosas, paseando con el cabello suelto, con los botines sucios; y desde lo más hondo de su ser le subía un deseo inconcreto, como las ganas de abrazar a alguien, de no sentirse solo. Se juzgaba desdichado, pensaba en matarse. Pero su tío le gritaba desde abajo: