El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Entró en el seminario. Los largos pasillos de piedra un poco húmedos, las luces tristes, las habitaciones estrechas y enrejadas, las sotanas negras, el silencio reglamentado, el sonido de las campanillas le causaron durante los primeros días una tristeza lúgubre, amedrentada. Pero pronto hizo amistades; gustó su cara bonita. Comenzaron a tutearlo, a admitirlo durante las horas de recreo o en los paseos del domingo, en las conversaciones en las que se contaban anécdotas de los profesores, se calumniaba al rector y se lamentaban perpetuamente las melancolías de la clausura. Porque casi todos hablaban con nostalgia de las existencias libres que habían dejado atrás: los de la aldea no podían olvidar las eras bañadas por el sol, las esfoyazas llenas de canciones y de abrazos, las yuntas de bueyes de regreso a casa mientras una niebla ligera ascendía desde los prados; los que venían de villas pequeñas echaban de menos las calles sinuosas y tranquilas en las que cortejaban a las vecinas, los alegres días de mercado, la gran aventura de hacer novillos. No les bastaba el enlosado patio de recreo, con sus árboles raquíticos, los altos muros somnolientos, el monótono juego de pelota: se ahogaban en la estrechez de los pasillos, en la sala de san Ignacio, donde se hacían las meditaciones de la mañana y se estudiaban de noche las lecciones; y todos envidiaban los destinos libres, aun los más humildes; el mulero que veían pasar por la carretera acariciando a sus machos, el boyero que cantaba al compás del áspero chirriar de las ruedas, y hasta los mendigos errantes, apoyados en su cayado, con sus alforjas oscuras.