El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Entonces Carlos, acordándose, leyó la receta que había estrujado en su mano. ¡La indignación lo hizo enmudecer al ver que aquél era todo el resultado de su gran entrevista con la autoridad!

—¿Qué es? —preguntó ávidamente Amparo.

¿Que qué era? Y en su furia, desdeñando el secreto profesional y el buen nombre de la autoridad, Carlos exclamó:

—¡Es un frasco de jarabe de Gibert para el señor alcalde! Ahí tiene la receta, señor Augusto.

Amparo, que, con alguna práctica de farmacia, conocía los beneficios del mercurio, se puso tan colorada como las resplandecientes cintas que le adornaban el postizo.

Durante toda esa tarde se habló con excitación por la ciudad del «intento de asesinato del que había estado a punto de ser víctima el señor párroco». Algunas personas censuraban al alcalde por no haber procedido: los caballeros de la oposición, sobre todo, que vieron en la debilidad de aquel funcionario una prueba incontestable de que el gobierno, con sus despilfarros y sus corrupciones, ¡llevaba el país a un abismo!

Pero el padre Amaro era admirado como un santo. ¡Qué piedad! ¡Qué mansedumbre! El señor chantre lo mandó llamar al anochecer, lo recibió paternalmente con un «¡viva mi cordero pascual!». Y tras escuchar la historia del insulto la generosa intervención:


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