El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Hijo —exclamó— ¡eso es aliar la juventud de Telémaco con la prudencia de Mentor! Padre Amaro, ¡era usted digno de ser sacerdote de Minerva en la ciudad de Salento!
Cuando Amaro entró de noche en casa de la Sanjoaneira, ¡fue como si apareciese un santo escapado de las fieras del Circo o de la plebe de Diocleciano!
Amélia, sin ocultar su exaltación, le estrechó ambas manos, mucho tiempo, toda trémula, con los ojos húmedos. Le ofrecieron, como en los grandes días, la poltrona verde del canónigo. Doña Maria da Assunção incluso quiso que se le pusiese una almohada para que apoyase el hombro dolorido. Después tuvo que contar pormenorizadamente toda la escena, desde el momento en que, conversando con el colega Silvério (que se había portado muy bien), había avistado al escribiente en medio del Largo con el bastón alzado y pinta de matamoros…
Aquellos detalles indignaban a las señoras. El escribiente les parecía peor que Longinos y que Pilatos. ¡Que malvado! ¡El señor párroco debía haberlo pisado! ¡Ah, era propio de un santo haber perdonado!
—Hice lo que me inspiró el corazón —dijo él bajando los ojos—. Recordé las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: el ordena ofrecer la mejilla izquierda después de haber sido abofeteado en la mejilla derecha.