El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El canónigo al decir esto, esgarró con fuerza y observó:
—Mire lo que le digo. A mí, si me dan un bofetón en la mejilla derecha… En fin, son órdenes de Nuestro señor Jesucristo ofrezco la mejilla izquierda. ¡Son órdenes de arriba!… Pero después de haber cumplido ese deber de sacerdote, oh, señoras ¡deslomo al bribón!
—¿Y le dolió mucho, señor párroco? —preguntó desde esquina una vocecita agonizante y desconocida.
¡Acontecimiento extraordinario! ¡Era doña Ana Gansoso, que había hablado después de diez largos años de taciturnidad soñolienta! Aquella modorra que nada había podido sacudir, ni fiestas ni lutos, ¡tenía por fin, bajo un impulso de simpatía por el señor párroco, una vibración humana! Todas las señoras le sonrieron, agradecidas; y Amaro, lisonjeado, respondió con bondad:
—Casi nada, doña Ana, casi nada, señora mía… ¡Él dio fuerte! Pero yo soy de buena carnadura.
—¡Ay, qué monstruo! —exclamó doña Josefa Dias, furiosa ante la idea del puño del escribiente descargado sobre aquel hombro santo—. ¡Qué monstruo! ¡Me gustaría verlo con grilletes, trabajando en la carretera! ¡Yo sí que lo conocía! A mí nunca me engañó… ¡Siempre me tuvo cara de asesino!