El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Estaba embriagado, hombres con vino… —arriesgó tÃmidamente la Sanjoaneira.
Fue un clamor. ¡Ay, que no lo disculpase! ¡Hasta parecÃa sacrilegio! ¡Era una fiera, era una fiera!
Y la exultación fue grande cuando apareció Artur Couceiro y, nada más cruzar la puerta, contó la novedad, la última: Nunes habÃa mandado llamar a João Eduardo y le habÃa dicho, palabras textuales: «Yo, a bandidos y malhechores, no los quiero en mi notarÃa. ¡A la calle!».
La Sanjoaneira, entonces, se conmovió:
—Pobre chico, se queda sin tener que comer…
—¡Que beba! ¡Que beba! —gritó doña Maria da Assunção. Todos rieron. Sólo Amélia, inclinada sobre su labor, palideció, aterrada ante aquella idea de que João Eduardo tal vez pasase hambre…
—¡Pues miren ustedes, no veo que sea un caso para reÃrse! —dijo la Sanjoaneira—. Hasta es cosa que me va a sacar el sueño… Pensar que el muchacho quiera un pedazo de pan y no lo tenga… ¡Hombre, no! ¡Eso no! Y disculpe el señor padre Amaro…
¡Pero Amaro tampoco deseaba que el muchacho cayese en la miseria! ¡No era él hombre rencoroso! Y si el escribiente fuese a llamar a su puerta por necesidad, dos o tres monedas —no era rico, no podÃa más— pero tres o cuatro monedas se las daba… Se las daba de corazón.