El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Tanta santidad fanatizó a las viejas. ¡Qué ángel! Lo miraban, embelesadas, con las manos vagamente orantes. Su presencia, como la de un san Vicente de Paula, exhalando caridad, daba a la sala una suavidad de capilla, y doña Maria da Assunção suspiró de gozo devoto.
Pero apareció Natário, radiante. Repartió grandes apretones de mano, irrumpió triunfal:
—¿Ya están enterados, entonces? El granuja, el asesino, expulsado de todas partes, ¡como un perro! Nunes lo ha echado de la notaría. El doctor Godinho me acaba de decir que en el Gobierno Civil ya no pone los pies. ¡Enterrado, destruido! ¡Es un alivio para la gente decente!
—¡Y todo gracias al señor padre Natário! —exclamó doña Josefa Dias.
Todos lo reconocían. Había sido él, con su habilidad, su labia, quien había descubierto la perfidia de João Eduardo, quien había salvado a Améliazinha, a Leiría, a la sociedad.