El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Y en todo lo que pretenda, el bergante me encontrará enfrente. ¡Mientras siga en Leiría, no lo suelto! ¿Qué les dije yo, señoras mías?… «¡Yo lo aplasto!» Pues ahí lo tienen, ¡aplastado! —Su rostro bilioso resplandecía. Se tumbó en el sillón, relajadamente, en el reposo merecido de una victoria difícil. Y volviéndose hacia Amélia—: ¡Y ahora, lo pasado pasado está! ¡Se ha librado de una fiera, es lo único que puedo decirle!
Entonces las alabanzas —que ya le habían repetido prolijamente desde que ella había roto con la fiera— se reiniciaron, más vivas:
—¡Es la cosa más acertada que has hecho en toda tu vida!
—¡Es la gracia de Dios, que te ha tocado!
—¡Estás en gracia, hija!
—Al final, resulta que es santa Amélia —dijo el canónigo, levantándose, harto de aquellas glorificaciones—. Me parece que ya hemos hablado bastante del granuja… Ordene ahora la señora que traigan el té, ¿eh?