El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amélia permanecía callada, cosiendo deprisa: alzaba a veces, rápidamente, una mirada desasosegada hacia Amaro; pensaba en João Eduardo, en las amenazas de Natário; e imaginaba al escribiente con las mejillas consumidas por el hambre, fugitivo, ¡durmiendo en los portales de las casas!… Y mientras las señoras se acomodaban, charlando, a la mesa del té, pudo decirle en voz baja a Amaro:

—No puedo estar tranquila con la idea de que João Eduardo sufra necesidades… Yo ya sé que es un malvado, pero… Es como una espina aquí dentro. Me quita toda la alegría.

El padre Amaro le dijo entonces, con mucha bondad, mostrándose superior a la injuria, con un alto espíritu de caridad cristiana:

—Mi querida hija, son tonterías… El hombre no va a morirse de hambre. Nadie se muere de hambre en Portugal. Es joven, tiene salud, no está loco, se arreglará… No piense en eso… Es palabrería del padre Natário… El chico, naturalmente, se va de Leiría, no volvemos a oír hablar de él… Y en cualquier sitio se ganará la vida… Yo, por mi parte, le he perdonado, y Dios ha de tener eso en cuenta.


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