El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Estas palabras tan generosas, dichas en voz baja, con una mirada llena de amor, la tranquilizaron por completo. La clemencia, la caridad del señor párroco le parecieron mejores que todo lo que habÃa oÃdo o leÃdo de santos y monjes piadosos.
Después del té, durante la partida de loterÃa, permaneció junto a él. Una alegrÃa plena y suave la penetraba deliciosamente. Todo lo que hasta aquel momento la habÃa importunado y asustado, João Eduardo, la boda, las obligaciones, habÃa desaparecido por fin de su vida: el muchacho se marcharÃa lejos, se emplearÃa…, y allà quedaba el señor párroco, ¡todo para ella, tan enamorado! A veces, por debajo de la mesa, sus rodillas se tocaban, temblando; en un momento en el que todos proferÃan un alarido indignado contra Artur Couceiro, que por tercera vez cantaba loterÃa y blandÃa el cartón triunfante, fueron las manos las que se encontraron, las que se acariciaron; un leve suspiro simultáneo, perdido entre el vocerÃo de las viejas, hinchó sus pechos; y hasta el final de la noche estuvieron marcando sus cartones, muy callados, con las mejillas encendidas, bajo la presión brutal del mismo deseo.
Mientras las señoras se agasajaban, Amélia se aproximó al piano para hacer una escala y Amaro pudo murmurarle al oÃdo:
—¡Oh, querida, cuánto te quiero! Y que no podamos estar solos…