El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Ella iba a contestar, pero la voz de Natário, que se ponía el abrigo junto al aparador, exclamó, muy severa:
—¿Entonces ustedes dejan andar por aquí un libro como éste? —Todos se volvieron, sorprendidos por aquella indignación, a mirar el ancho volumen encuadernado que Natário señalaba con la punta del paraguas, como un objeto abominable. Doña Maria da Assunção se aproximó enseguida, con los ojos brillantes, imaginando que sería alguna de esas novelas, tan famosas, en las que pasan cosas inmorales. Y Amélia, acercándose también, dijo, admirada por tal reprobación:
—Pero si es el Panorama… Es un tomo del Panorama…
—Que es el Panorama ya lo veo yo —dijo Natário con sequedad—. Pero también veo esto —abrió el tomo por la primera página en blanco y leyó en voz alta—: «Este volumen me pertenece a mí, João Eduardo Barbosa, y me sirve de recreo en mis ocios». No comprenden, ¿verdad? Pues es muy simple… Parece increíble que las señoras no sepan que ese hombre, desde que puso las manos sobre un sacerdote, está ipso facto excomulgado, ¡y excomulgados los objetos que le pertenecen!