El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Doña Joaquina Gansoso se había llevado a Amélia hacia el hueco de la ventana, preguntándole si tenía otros objetos pertenecientes al hombre. Amélia, aturdida, confesó que tenía en alguna parte, no sabía dónde, un pañuelo, un guante desparejado y una pitillera de pajilla.

—¡Al fuego, al fuego! —gritaba la Gansoso, excitada.

La sala vibraba ahora con el vocerío de las mujeres, arrebatadas por una furia santa. Doña Josefa Dias, doña Maria da Assunção hablaban con arrobo del fuego, llenándose la boca con la palabra, en una delicia inquisitorial de exterminio devoto. Amélia y la Gansoso, en la habitación, rebuscaban por los cajones, entre la ropa blanca, las cintas y las braguitas, a la caza de los «objetos excomulgados». Y la Sanjoaneira asistía, atónita y asustada, a aquella algazara de auto de fe que atravesaba bruscamente su sala pacata, refugiada junto al canónigo, quien, después de haber murmurado algunas palabras sobre «la Inquisición en casas particulares», se había enterrado cómodamente en su sillón.

—Es para que se den cuenta de que no se le pierde impunemente el respeto a la sotana —le decía Natário a Amaro en voz baja.


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